El retorno devoto del poeta mexicano Carlos Pellicer al país de Jesucristo

Los 4 viajes del poeta Carlos Pellicer a Tierra Santa dejaron fruto

Carlos Pellicer Cámara es una de las grandes figuras literarias y culturales del México del siglo XX, que murió en 1976 con 80 años. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres en Ciudad de México. En el estado de Tabasco llevan su nombre escuelas, edificios, el Museo de Antropología, y su nombre está escrito con letras de oro en el Congreso del Estado de Tabasco.

Escritor, poeta, museólogo, amigo de los artistas y poetas de su época, fue secretario y amigo del político y escrito José Vasconcelos Calderón, quien fue en dos ocasiones Secretario de Instrucción Pública, es decir, responsable de escolarizar y educar al pueblo entre 1914 y 1924.

Como poeta, perteneció a una generación propia de México, Los Contemporáneos, que eran vanguardistas pero sin excesos, y no necesariamente anti-modernistas. Corrientes más revolucionarias (el estridentismo) les acusaban de «poco viriles». En una época en que muchos miraban a Rusia o al mecanicismo, Los Contemporáneos -muchos de ellos funcionarios de Educación- se tomaban la «vanguardia» con más tranquilidad.

Carlos Pellicer Cámara era católico devoto, aunque no tradicionalista. Los Contemporáneos no mostraron interés por la poesía espiritual ni los temas de fe, pero Pellicer fue distinto a ellos en eso y la fe impregna buena parte de su obra artística, aunque siempre con matices y digresiones.

Su familia era muy católica. su madre rezaba con él el Vía Crucis y juntos visitaban los nacimientos en Navidad. Su primer libro de poesía, Colores en el mar y otros poemas (1915-1920), de 1921, empieza así:

“En medio de la dicha de mi vida
deténgome a decir que el mundo es bueno
por la divina sangre de la herida”

El poeta vanguardista en Tierra Santa

La fe del poeta se alimentó en 4 viajes que realizó a Tierra Santa. Los 3 primeros los hizo aprovechando que estaba afincado en Europa con financiación del Gobierno mexicano en 1926, 1927 y 1929. Quería saber más y más de la vida humana de Cristo, de sus lugares, sensaciones y vivencias.

Tardó 37 años en hacer su cuarto viaje a Tierra Santa, que consolidó lo que ya había vivido, ahora con madurez humana y artística. Julia Santibáñez escribe de su obra sobre Tierra Santa y la fe: «El conjunto deslumbra por su factura y por la presencia de ese Dios, abismo cordial al que el poeta se asoma para decirle gozos y penas«.

Una invitación al vuelo

En 2015 se publicó en México Tierra Santa. Invitación al vuelo, una selección de sus obras relacionadas con Tierra Santa, incluyendo cartas y reflexiones. Presentando el libro en 2019, su sobrino Carlos Pellicer López, narrador y artista plástico, y guardián de su archivo, explicaba: “En el libro el lector encontrará la relación que tuvo mi tío con Tierra Santa, para él era entrañable porque antes que nada era un cristiano totalmente convencido; sus viajes eran la constatación de pisar la tierra que había pisado Jesucristo”, comentó.

Respecto del libro, la escritora y especialista en relaciones internacionales, Rosa Isabel Gaytán, dijo: «es entrar a un sitio sacro habitado por un hombre joven, vital y expectante, maravillado e interrogador”.

***

PRIMERA VISITA, 1926

NOTRE-DAME DE FRANCE, JÉRUSALEM

Señor: hemos llegado a ésta tierra que tu elegiste para nacer, enseñar y morir. Nuestros ojos han visto los paisajes el cielo y los campos que tus ojos vieron; nuestros pies han pisado los sitios por donde tú pasaste y estuviste; nuestras manos han tocado las piedras que tú tocaste; nuestro corazón ha suspirado en la dulce Nazareth y en el Jordán melancólico donde Juan el Bautista justo y terrible, levantó una onda para mojar tus cabellos. Y en tantos otros lugares donde floreció tu vida sencilla y estupenda. Y estamos en Jerusalem, y en el tremendo aniversario de tu padecimiento y muerte, caminamos por las calles por don[de] tú caminaste, insultado y escarnecido, golpeado, humillado, herido. Y corremos la Vía Sagrada a la misma hora y bajo el mismo sol que alumbró aquel día sin ejemplo. Y estamos tristes, tristes hasta la muerte. Y ni la muerte de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos [no podrá darnos jamás el dolor], ni la pérdida de la patria, ni cosa otra alguna en esta vida, podrá darnos jamás el dolor, el dolor inmenso que nos causa el seguirte ese día tras de tu Cruz por las calles de Jerusalem bajo el sol y en el desorden de los que aún te niegan. ¡Dichoso el Cireneo que iba tan cerca de ti en aquella hora de sangre y agonía! […]

Pronto saldremos de estas tierras Santas; acaso jamás volveremos volveremos tornemos a besar las piedras de tu Sepultura, pero al salir de Jerusalem, volveremos a cada instante la cara, para mirar como el héroe del Romancero, una vez y otra vez, y otra y por vez última, al lugar más amado de nuestro corazón.

Bendice esta casa y haz que vivamos el resto de nuestros días sin violencia y sin odio, llenos de amor y la verdad que tú nos enseñaste. Sólo así podremos merecer estar cerca de ti. ¡Ah Señor, Dulce y Divino, dichoso el Cirineo que estuvo tan cerca de ti en aquellas horas de Redención y de Gloria!

Jerusalem, el Sábado Santo de 1926.

SEGUNDA VISITA, 1927

ESTUDIO
Para J. M. González de Mendoza

1. Los pueblos azules de Siria
donde no hay más que miradas y sonrisas.

2. Donde me miraron
y miré.
Donde me acariciaron
y acaricié.

3. Las casas juegan a la buena suerte
y a la niña de quince años
inocente como la muerte.

4. Hay una sed de naranja
junto a la tarde todavía muy alta.

5. El agua de los cántaros
sabe a pájaros.

6. Unos ojos me sonríen
sobre un cuerpo prohibido.

7. Hay azules que se caen de morados.

8. El paisaje es a veces de bolsillo
con todo y horas.

9. El amarillo junto al azul no cuesta caro:
un charco de cielo y un ganso.

10. Estoy en Siria.
Lo sé por los ojos
que veo puestos a la brisa.

11. Y es un martes viajero y alegría
de dulce tiempo y de fastuosa fecha,
tan flexible y tan apto que podría
borrar mi sombra sin tirar la flecha.

Jafa, 1927 [Enero]

TERCERA VISITA, 1929

Soneto a causa del tercer viaje a Palestina

¿Por qué, Señor, a tus paisajes tomo
de nuevo entre mis brazos? ¿Por qué ordenas
—pájaros en abril, noches serenas—
que a mí desciendan nubes de tu domo?

Y al abismo cordial mi sombra asomo
y te digo mis gozos y mis penas.
Y con lágrima grande las arenas
jardines brotan y en mi fe te aromo.

La cuna y el sepulcro. Piedra y cielo.
Paisajes de Israel. La sed fecunda
la Samaria de piedra. Y desde el vuelo

del Tabor, pesca y ara Galilea.
Y le abrí el corazón agua que inunda,
para que el Sol en sus entrañas vea.

Monte Tabor, Palestina, 1929.

SONETOS BAJO EL SIGNO DE LA CRUZ

I
Alcé los brazos y la cruz humana
que fue mi cuerpo así, cielos y tierra
en su sangre alojó. Su paz, su guerra,
su nube aplomar, su piedra arcana.

¡Cómo sentí en mis brazos la campana
del aire azul! Y el pie que desentierra
su pisada en la tierra que lo encierra.
del corazón salía la mañana.

Y cuerpo en cruz, el corazón abierto
—pájaros de diamante en aire vivo—
brotó y el aire fue el más claro huerto.

De aquella libertad quedé cautivo.
Bebiéndome la sed planté el desierto
y del sol en el cielo fui nativo.

II

Una vez, una noche en Palestina,
el cielo cintiló y alcé el oído
y abrí los brazos y oculté el olvido
la nube de su pálida cortina.

¡Jesús, Tú que eres Dios!, dije y divina
la sangre derramó su vaso herido
sobre la mesa festival crecido
como rosa alcanzada por su espina.

Aquella noche llena de luceros
oí mi voz por vez primera —aleros
de la primera voz—. Y el alma cupo

en el paisaje inmenso. Poesía,
mira, calla, ven, ve, vuelve a tu grupo
y escucha la perfecta melodía.

ALEGRÍA DEL IDIOMA (fragmento)

Hace ya muchos años, en Palestina, escribí un soneto. Nunca esperé nada de él. Pero con el tiempo, resultó ser la puerta de un nuevo libro. Se trata de unas prácticas de vuelo, pero tomando todavía muchas precauciones, es decir, sin arrojo, sin audacia, sin voluntad verdadera de sagrado huracán. Y lo malo es que la vida ya está acabando y yo no doy trazas de ponerme en orden. De este libro, que habrá de publicarse pronto, son los desahogos que ustedes van a escuchar:

Señor, ¿por qué estoy solo, por qué impides
que me acompañe tu visión serena?
¿Olvidas una tarde nazarena
en que lloré junto a los nomeolvides?

¡Vieras mi corazón! Si lo divides
hay por Ti y para Ti, de sangre llena
la arteria más cordial; tendrías pena
de no llegar… ¿Por qué tus pasos mides?

Cierto, a veces la sangre está enlodada;
pero es cosa de echarle agua salada…
¡El mar que todo asea y todo esconde!

En pleno día corporal te digo,
¡toma mi corazón, Cristo; responde…!
Y a mi primera traición ya estás conmigo.

Señor, óyeme, ven, dame la vida,
búscame entre las cosas que se pierden.
Todas mis fuerzas las angustias muerden,
mi sangre se aclaró por tanta herida.

Todo en tu mano tiene alta cabida.
Que los sentidos que me das concuerden
en un solo sentir y así recuerden
tu olvidada belleza encarnecida.

Aunque anochezca esperaré tu paso.
Hay una estrella siempre en el ocaso
que da a la oscuridad un hondo vuelo.

Si andrajoso huracán mi cuerpo viste,
cuando pases oirás que un arroyuelo
te llama alegre entre su canto triste.

Ciego, sordo, sin dedos, insaboro,
sin el acento que tu nombre dijo,
atesorado por un rayo fijo
que hace cumplir mi ser poro por poro;
águila con león, ángel y toro,
la Altísima Paloma, Padre, Hijo.
Lo Total concretado y tan prolijo,
cruzó mi cuerpo con fragor meteoro.

La esfera de mi fe rueda a tu planta,
segura en su unidad única y tanta.
con la luz inocente del diamante,
—impacto de tus ojos en la hondura—,
creo en Ti. Silencioso y centelleante,
cierro la noche para hacer soltura.
Señor, yo me voy y tú te quedas.

Realmente aquí has estado siempre. Nadie había notado tu presencia. Pasaste tu infancia entre las esfinges y las estrellas de Egipto y tu adolescencia en la carpintería donde todos los árboles —inclusive la palmera— conducen a la Cruz. Después lo tuyo, fue una pequeña aurora, al amanecer en una aldea, el alba íntimamente abandonada, como un diamante después —después de una boda de Príncipes. Ah, pero después, maravilla de maravillas, tres años de hablar, lo único que nos interesa y luego el escándalo y tú, tu muerte aparente y tu regreso y tu permanencia nueva en el pedazo de pan y en la ración del vino.

Yo me voy, tú te quedas.

Pero antes de irme, necesito verte. Lloraré cuando yo te vea. No podré decirte una sola palabra. ¿Para qué? Y tú me pondrás tu mano sobre el hombro, me sacudirás ligeramente, sonreirás, mi lirio morado que surgirá repentinamente junto a mí, lo cortaré y lo dejaré a tus pies y después… no sé qué será de mí. Sólo tú lo sabes. Sólo tú lo sabes ya. Sólo tú lo has sabido siempre… ¿En el calor de qué hora ocurrirá todo esto? Señor, Señor, ¡ten misericordia de mí!

Villahermosa, septiembre de 1957.

LARGA ESPERA, 1930-1965

SONETOS SUPLICANTES

Cristo, Nuestro Señor, haz que yo entienda
que Tú has vivido en mí por un instante.
Lo que brilla en mi barro es un diamante
que pierdo a voluntad en sombra horrenda.

(Alguna vez la noche que yo encienda
perpetuará una rosa rozagante;
veré a Nuestro Señor, jamás distante,
mirar la flor y señalar la ofrenda.)

El tiempo que yo soy, eternamente,
se podría estrellar sobre mi frente.
¡Resultar la verdad y la belleza!
Haz que te adore, oh Dios, de Ti poblado
y yo amanezca al fin, con tal destreza,
que nadie sepa que voy a tu lado.

A CRISTO

Cuando ya endemoniada y pequeñita,
bajo su carcajada rencorosa,
la nueva humanidad abre la fosa
de la ciencia que al caos necesita

y en ella diga que te deposita
con funerario júbilo, fogosa
los brazos abrirá, y eterna rosa,
verá en ellos la Cruz jamás proscrita.

¡Ay dese tiempo desolado y frío!
Como fieras geniales, y en manada
y en sepulcros ruidosos, sin estío

y sin otoño, todo procesada,
llorará la creatura a mares río
y rehallará en su llanto tu mirada.

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