Viajar a Tierra Santa, un tesoro para la fe: Claire de Castelbajac fue transformada en dos semanas

No es "necesario" ir a los Santos Lugares para tener una fe fuerte e incondicional. De otra forma, el cristianismo no habría durado mucho. ¡Pero puede ayudar! Hay razones por las cuales una peregrinación a Tierra Santa es un auténtico regalo que se ofrece al alma y a la fe.

"Si no creéis, no comprenderéis" (Is 7, 9)
Creer en Dios apela a nuestra inteligencia y a nuestra fe. "La comprensión es la recompensa de la fe. No busques pues comprender para creer, sino creer para comprender, porque ni no creéis, no comprenderéis" (San Agustín, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, Tract. XXIX 6, p. 707).

Nuestra inteligencia, como una llave, nos abre a los misterios de Dios, como nos confirma San Pablo: "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables" (Rom 1, 20).

La fe disipa las tinieblas en las que nos sumergen los hechos incomprensibles revelados por la Biblia y el Nuevo Testamento. Cuando, según San Mateo, Cristo interroga a sus apóstoles sobre quién creen ellos que Él es, San Pedro toma la palabra: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!". A lo que Jesús responde: "Bienaventurado seas, Simón, hijo de Jonás, porque no son la carne ni la sangre quienes te han revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 16-17). La fe, pues, nace de la gracia de Dios. Pero tenemos el deber de no dejar nuestra fe en barbecho, como lo revela cada uno de esos momentos en los que Jesús reprocha a sus apóstoles su incredulidad, su "falta de fe".

Entender las Escrituras "in situ"
Ir a Tierra Santa acrecienta la fe por medio de la inteligencia.

El descubrimiento de cosas muy simples, como su clima, su luz, su temperatura o su geografía nos despierta para la inteligencia de las Escrituras. ¡Que en Navidad hace frío en Belén! O que las noches de abril son tan dulces en Jerusalén que rezar tres horas en un jardín no parece imposible. O lo desérticos y áridos que son el desierto de Judea y la región del Mar Muerto al sur, donde San Juan Bautista. O lo rocosas que son Jerusalén y Belén en el centro. O que la Galilea, al norte, es muy verde.

Hay un pasaje de los Evangelios que mi razón ni conseguía comprender: la tempestad sobre el lago Tiberíades. ¿Cómo podría haber olas tan poderosas y peligrosas en un lago? Vi el lago en cuestión con mis propios ojos: 21 km de largo y 13 de ancho. Es la mayor concentración de agua dulce de Oriente Medio, hasta tal punto que también se denomina "mar de Galilea". (Pincha aquí para ver una tormenta en el lago Tiberíades grabada por el director de Magdala Center, el padre Juan Solana, LC.)

¿Qué trayecto siguió Jesús desde el Cenáculo el jueves por la tarde hasta el Calvario el viernes por la mañana?

El Cenáculo se encuentra sobre el monte Sión, una pequeña montaña prácticamente pegada a las murallas de Jerusalén. En primer lugar advirtamos de que esa sala, que es un lugar de visita, es de arquitectura típicamente romana, con dos buenas columnas a cada lado de la habitación. En tiempo de Jesús eso parece relativamente lógico. Es posible de caminar sobre el techo del Cenáculo, desde donde se nos ofrece una vista asombrosa… y desde la cual se ve el Monte de los Olivos. Esto permite fácilmente imaginarse el recorrido de Jesús el jueves por la noche. Hoy el trayecto lleva 25 minutos a pie, pero hace dos mil años seguro que había un camino más directo y rápido.

En fin, el jardín de los Olivos se encuentra a cinco minutos a pie de la Puerta de los Leones, a cien metros de la cual, en el interior de la ciudad, se encuentran los restos del Palacio de Antonia: la primera estación del viacrucis: "Jesús es presentado ante Poncio Pilato".

Las gracias llueven en Tierra Santa
En los años 70, Claire de Castelbajac, actualmente en proceso de beatificación, volvió transformada tras dos semanas de peregrinación.

[Nota de Fundación Tierra Santa. Claire de Castelbajac (París, 1953-Toulouse, 1975) fue una joven francesa enferma desde los 4 años que quiso desde pequeña ofrecer sus numerosos dolores a Jesús por la conversión de los pecadores y buscar la santidad de vida.

En el otoño de 1974 estuvo en Tierra Santa, "una peregrinación agotadora y transformadora en el sentido estricto del término", contó ella misma en una carta a sus padres: "Mi vida ha cambiado completamente de óptica. Además de la familiaridad con la Santísima Virgen, descubro el Amor de Dios, inmenso, sorprendente y simple". E insistía: "Estoy convirtiéndome completamente, profundizando mi fe, encontrando su verdadero sentido, y aprendo continuamente el fundamento de mi religión. Acumulo todos los elementos posibles de fervor, de piedad, de ejemplo, de pobreza de espíritu, para poder, en Roma (donde vivía en aquel momento), organizar mi vida como ahora la entiendo, y no como la vivía antes. Comienzo a entender el sentido de la expresión Amor de Dios".]

Hay sentimientos y momentos en la vida que no se pueden explicar: tocar la roca del Calvario, abrazar la piedra sobre la cual Jesús rezó tres horas en el jardín de los Olivos, entrar en la habitación donde Santa Elena encontró la verdadera Cruz… Sin palabras, la garganta se cierra y lágrimas de alegría desbordan el corazón.

Publicado en Aleteia.
Traducido por Carmelo López-Arias para Fundación Tierra Santa.

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